15/Feb/2021
Migrante, según la RAE, es
el que migra. Y la misma fuente refiere que, migrar es trasladarse desde
un lugar en que se habita a otro diferente.
Mientras entramos en el debate de
si somos migrantes, desplazados, refugiados o exiliados, casi 42 venezolanos
cada hora, a razón de 1000 por día, están pasando o atravesando en algún lugar
las fronteras con Colombia, con Brasil o con Trinidad y Tobago, montados en
frágiles embarcaciones a la merced de la naturaleza, atravesando ríos, serranías,
caminos, enfrentados a cualquier evento adverso, densos fríos, lluvias
torrenciales, enfermedades diversas, desafiando la suerte y la muerte,
aferrados a la ilusión de conseguir cualquier cosa mejor que la que están
dejando atrás.
Hay de todas las variedades y
tipos, jóvenes en su mayoría, van solos, acompañados de familiares, hombres
trabajadores, profesionales, técnicos; adolescentes, mujeres solas, con niños
en brazos, otros menos afortunados de edad avanzada, llegan a los pasos
fronterizos por cualquier medio. Los caminantes que recorren miles de
kilómetros hasta llegar a los pasos, son los más vulnerables, son meses
caminando a la suerte de un recorrido que hasta por inercia, los va llevando a
superar la expectativa de una mejor calidad de vida.
Según datos aportados por las
agencias de derechos humanos y apoyo a los desplazados, hasta diciembre de
2020, más de cinco millones y medio de venezolanos han salido del país en
calidad de migrantes, desplazados y refugiados. Colombia lleva la mayor parte
de esa diáspora y que según cifras de la agencia oficial Migración Colombia,
son más de un millón ochocientos mil venezolanos que ocupan el territorio
colombiano.
Siguen en la lista Perú, Chile,
Ecuador, España y Estado Unidos, en un largo elenco de, al menos 34 países del
mundo, que reportan grupos de venezolanos habitando sus territorios con un
denominador común: salieron forzadamente de su país de origen por no encontrar
condiciones de vida favorables, por temor a morir, por ser perseguidos
políticos o por haber perdido sus trabajos, familiares, bienes y cosas;
acciones todas que tienen un único responsable: la revolución socialista del
siglo xxi, iniciada en 1999 por el desaparecido Hugo Chávez y consolidada en el
tiempo por su sucesor Nicolás Maduro.
Cada migrante es una historia,
cada persona cuenta con su propia tragedia y su propia experiencia, son más de
seis millones de relatos, un libro larguísimo, que no alcanzaría una vida
promedio para leerlas todas. La convulsionada y compleja situación que ha
producido la dictadura chavista en Venezuela, será reconocida con una connotada
cifra de venezolanos desplazados por el mundo, como la mayor en toda la
historia del mundo occidental. Solo por detrás de los desplazados del medio
oriente (Siria, Irak, Libia, Somalia) que por razones de sus guerras y estados
bélicos tomaron caminos fuera de sus países de origen.
Sin embargo, el caso de Venezuela
es notable porque es consecuencia de su política interna. Y en ese sentido,
podemos decir que es la primera gran migración en el mundo producto de una
línea política de su propio gobierno. La guerra que se libra internamente no
tiene las características históricas de un estado en guerra, no lleva ni sigue
los parámetros de una guerra convencional, es una guerra intrínseca de un
régimen que gobierna, que abiertamente les reitera a sus conciudadanos
inconformes que se larguen del país, si no les gusta como vivir en el modelo socialista.
La realidad interna de Venezuela,
para el grueso de la población que lucha y vive a diario, es como si se tratase
de una verdadera guerra, con una economía estancada y en hiperinflación,
azotada por la escasez de alimentos, medicamentos y todo tipo de artículos de
primera necesidad, de inexistentes y esenciales servicios públicos. La
violencia que generan los grupos delincuenciales armados y aliados del gobierno,
establecen y decretan toques de queda en localidades, a través de los mensajes
que difunden los pranes, reclusos que son especies de mandamás de las
cárceles, que determinan cómo son las reglas en las comunidades y lugares que
controlan.
En el campo de la política
internacional, las naciones a través de las relaciones internacionales, o por
medio de las distintas instancias políticas internacionales han llamado la
atención sobre el caso venezolano. La dictadura chavista ha tenido apoyo
simbólico y espurio, de naciones donde gobierna la izquierda: Rusia, China y
algunos reductos latinoamericanos; Cuba, México, Nicaragua, Bolivia y Argentina.
El llamado Foro de São Paulo, instrumento de los partidos
latinoamericanos de izquierda, se ha manifestado como un referente esencial de
apoyo al régimen chavista en la audiencia internacional. En la acera de
enfrente, los países de corte democrático y de talante político de derecha,
hacen pequeños e inocuos esfuerzos por contrarrestar la crisis política
venezolana, e intentar “frenar” la ola migratoria venezolana que les llega a
diario a sus naciones.
En ambos bandos, hay
contradicciones; los gobiernos y dirigentes de izquierda apoyan la retórica
chavista de culpar al gobierno norteamericano y al bloqueo económico por lo que
sucede en Venezuela, aduciendo que es la verdadera razón y causa de la salida
de millones de personas del país; pero no hay en estos países ninguna política
efectiva de apoyo o atención a los miles y miles de migrantes que cada día
llegan a sus fronteras y territorios. Los gobiernos de derecha de la región,
declaran en contra del régimen venezolano y condenan sus políticas y atropellos
contra quienes viven en ese país, y en especial quienes disientes o se oponen
abiertamente a la dictadura. Sin embargo, es poca o ineficiente la ayuda o el
apoyo que se la da al desplazado venezolano.
En diciembre del 2020, el gobierno
de Colombia, había anunciado que llegarían en las próximas semanas a ese país,
más de cuarenta millones de dosis de vacunas contra el Covid 19, el presidente admitió
que los colombianos tendrían prioridad sobre todas las demás personas y que los
inmigrantes venezolanos que se encontraran en situación irregular, no serían
vacunados. Hace pocos días, el presidente Iván Duque sorprendió no solo a su
nación, sino a toda la opinión internacional al anunciar el Estatuto de Protección Temporal para Migrantes
venezolanos, autodefinida
como la política de migración más importante en América Latina y el Caribe, que
a su vez apunta, según su declaración oficial “hacia el objetivo de tener una
migración ordenada, regular y segura, que beneficie a la población migrante, y
además contribuye al desarrollo de nuestro país”.
En
contraste a este anuncio, se conocía la noticia de la militarización de los
pasos fronterizos entre Ecuador y Perú, frenando el paso de miles de migrantes
venezolanos que van en busca de un mejor destino, se mantienen cerradas los
pasos fronterizos en Venezuela con Colombia y Brasil. Trinidad y Tobago,
expulsa sin ninguna clase de protocolo humanitario a venezolanos que se
encuentran de manera irregular en su territorio, y repele cualquier intento de
llegada a sus costas de migrantes y desplazados. Similar acción ha ejercido el
gobierno de Chile, quienes recientemente expulsaron un centenar de venezolanos
“irregulares”, justificando la acción alegando que “tienen el derecho y la
obligación de cumplir la ley”. En Aruba, Bonaire y Curazao se mantienen
centenas de venezolanos privados de libertad, por ser ilegales e irregulares, sin
la debida asistencia legal del caso. La dictadura que gobierna Venezuela ordenó
desde el año 2018 cerrar por tiempo indefinido las fronteras aéreas y marítimas
con estas tres islas.
Vivir
en Venezuela y salir o intentar salir como migrante “legal” es una utopía,
donde un salario mínimo oficial está por debajo de 50 centavos de US$, donde su
agencia oficial para el trámite de documentos de identificación y migración y
extranjería (SAIME) no emite pasaportes nuevos desde hace más de un año,
incluso antes de su cierre por la pandemia; y para atender la demanda de nuevos
pasaportes resolvió un trámite de “Prorroga” por un periodo de dos años para aquellos
pasaportes vencidos; pero este es un complicado proceso, donde los gestores
intermediarios de muchos funcionarios de esa institución cobran enormes cifras
en dólares americanos, sacan y expiden trámites oficialmente no habilitados o
suspendidos. “Pagas y sales, porque si te vas del país es para conseguir un
mejor futuro”, es lo que te dicen los intermediarios gestores de SAIME.
Noticias
van y notician vienen, sobre los desmanes, desgracias, desdichas y malos tratos
que recibimos quienes decidimos salir, de manera abrupta, de manera irregular,
huyendo de la peor novela de terror, que hemos vistos caer y morir amigos, familiares
y allegados, por una represión despiadada por órdenes de la dictadura
chavista-madurista. Los informes y relatos de las principales Altas Comisiones
sobre Derechos Humanos, han dejado plasmado en sus documentos como cuerpos
policiales y militares (FAES, GNB, SEBIN, CONAS, PNB, etc.) al servicio del
régimen vulneran todos los protocolos de acción policial y militar y de
Derechos Humanos fundamentales.
Al
parecer sobre esta situación no se vislumbra una salida o solución inmediata,
ni a mediano plazo. Los intereses políticos y las mezquindades de los gobiernos
de derecha e izquierda los mantienen divididos, se están dejando arropar en una
no solución, mientras la dictadura chavista sigue arrasando con lo que queda de
país, tanto en riquezas como recursos. La política internacional, no ha dado
señales de dilucidar este fenómeno.
La
Organización de Naciones Unidas, es un fantasma ante lo que sucede en Venezuela;
la Organización de Estados Americanos, luce deslucida, pues si bien son
diversas y reiterativas sus condenas al régimen actual venezolano, ninguna de sus
resoluciones se materializa en algo real y tangible para los venezolanos. En
lugar de ello, ante el mundo se presencia la coexistencia de dos gobiernos: uno
calificado de ilegítimo por una parte de la población local y de la comunidad
internacional, y otro que reclama el título constitucional, pero no controla el
territorio, ni la administración.
Ante
toda esta compleja e imbricada situación nos enfrentamos migrantes,
desplazados, refugiados y exiliados que somos venezolanos, que somos hijos de
la tierra que dio en sí, muchas luchas independentistas que contribuyeron a
fundar, forjar y desarrollar numerosas naciones vecinas, que si bien no son
culpables de lo que sucede internamente en nuestro país, han sido
históricamente nuestras naciones hermanas. Somos venezolanos que fuimos
forzados a salir de una tierra donde en otrora, llegaron y se establecieron
pacíficamente migrantes y desplazados de Europa, Asia, África, de toda
Latinoamérica y el Caribe: colombianos, peruanos, ecuatorianos, chilenos, uruguayos,
argentinos, trinitarios, entre otros, que en muchos momentos históricos,
encontraron paz en una tierra que los acogió y se levantaron como familias de
bien, aportándonos mucho a nuestra cultura, desarrollo y crecimiento.
Somos
venezolanos que andamos en muchas líneas delgadas y estrechas, somos gente de
bien que no estamos reclamando derechos especiales a los países donde llegamos,
solo somos gente de bien, somos chéveres, somos alegres y reímos ante la
adversidad, muchos hemos perdido todo, hemos dejado familia y seres queridos,
hemos perdido la esperanza y nos levantamos al lado del camino, pedimos y
oramos a Dios por el bienestar de todos, clamamos por una solución que vemos
lejos, y creemos en que podemos establecernos en otros lugares, lejos y
distintos del terror que hay en cada una de esas 6 millones de historias.